El Francotirador Paciente (Arturo Pérez-Reverte)

Jan 27

El Francotirador Paciente es la última novela de Arturo Pérez-Reverte con la que parece haber cabreado –algo marca de la casa, que si hay algo que no suele producir es indiferencia- a la mayoría del colectivo grafitero, que se han sentido ofendidos por alguna de las manifestaciones del autor, que los ha llegado a incluir en la categoría de “guerrilla urbana”, ya que para él alguno de los métodos a los que tienen que recurrir para ejecutar sus obras requieren de una planificación cuasi militar.

El libro además, creo que deja de fondo una reflexión, no demasiado optimista sobre el mundo del arte, más movido por las modas de turno, que por auténticos “canones” artísticos. En este sentido el grafiti formaría parte de estas modas, por las que algunas de las obras se empezarían a cotizar a precios de “superestrella”, con el consentimiento de algunos autores –a los que la mayoría “purista” de su colectivo consideraría como auténticos traidores, pues para ellos toda esta corriente “legal” no puede nunca ser “real”, bajo el lema de “Si es legal no es grafiti”.

La protagonista del libro es una mujer, Alejandra Varela, –Pérez Reverte siempre ha tenido facilidad para crear personajes femeninos fuertes e interesantes- que en ciertos momentos recuerda al Lucas Corso de “El Club Dumas”.

Alex, que así es como se llama la protagonista, es una especialista en arte moderno, que suele actuar como Freelance, y a la que un importante editor le hace un encargo un poco espcial: encontrar a “Sniper” uno de los grafiteros más famosos, y sobre los que existe una veneración, que casi llega al culto, por parte de la propia comunidad grafitera. Parte de esta veneración surge de su particular estilo: casi nadie, incluso en su mismo mundo sabe quién es. No existen imágenes claras de como es, y de lo poco que se conoce es que es español y debe rondar la cuarentena, por lo que ya no es ningún niño. Actúa un poco como ideólogo, proponiendo retos –en la mayoría de las ocasiones muy arriesgados, tanto que han costado más de una vida- a la comunidad grafitera, cuyos miembros se vuelcan en conseguirlos, para así ganar respeto dentro de su propia “tribu”.

El francotirador paciente

Uno de estos retos consigue que la cabeza de “Sniper” –nótese la ironía con el propio nombre del autor, ya que la traducción de la palabra es francotirador- cobre un precio, pues el hijo de un famoso empresario muere intentando conseguir uno de estos retos. De todas maneras, es tal la mística alrededor de Sniper, que no tiene problemas en encontrar cobijo dentro de los suyos.

La búsqueda llevará a Alex, que por cierto es el primer personaje abiertamente homosexual entre los que recuerdo en Pérez-Reverte, a través de diferentes ciudades de Europa, como Lisboa, o Verona, en la que Sniper ha preparado uno de sus retos, para llegar hasta Nápoles, que es adonde apuntan los últimos pasos de Sniper. No solo se deberá enfrentar a la búsqueda sino que se le presentará más de un problema derivado de la “caza” que hay sobre Sniper

No voy a dar demasiados detalles más de la trama, pues sabéis que no me gusta “spoilearlas” demasiado.

Sí que diré que es uno de los finales que más me han gustado de las novelas de Pérez-Reverte, del que siempre he pensado que le cuesta rematar una novela, en relación con el desarrollo de la trama.

Para variar el libro ha despertado cierta polémica, sobre todo entre parte del colectivo que retrata, que lo han acusado de no entender el movimiento y de tratarlos más como delincuentes que como “artistas”.

Supongo que el personaje de Sniper es el más polémico, pues se sitúa un poco “por encima del bien y del mal”, y quizá con demasiada suficiencia hacia el resultado de sus acciones. Es un incitador y no se siente responsable si por culpa de una de sus propuestas llega a morir gente. En ese aspecto demuestra un vacío moral peligroso.

A mí me parece una visión bastante objetiva, en el sentido de que ni los alaba, ni los critica: simplemente presenta unos hechos y da elementos al lector para que juzgue en que bando quiere estar.

Personalmente, creo que da impresión de suciedad, sobre todo cuando es en vagones de metro o autobús, uno de los objetivos más preciados. En el centro de las ciudades no me gusta y en los lugares abandonados creo que da todavía más sensación de abandono, pero claro si se hace en lugares habilitados, no tiene “gracia”.

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